está cerca —dijo—. O si necesita ayuda.
Lo miré.
—Dante.
—No es un regalo lujoso.
—Es plata.
—Podría haber sido oro.
—Eso no ayuda.
—Estoy aprendiendo.
Sophie apareció detrás del mostrador con harina en las mejillas.
—¿Es para mí?
—Sí —dijo Dante.
Ella lo tomó.
—¿Llama a Bruno?
—A Bruno. A mí. A quien haga falta.
Sophie lo pensó.
—¿También asusta hombres malos?
Dante se agachó frente a ella.
—Si lo usas, los hombres malos deberían empezar a correr.
Sophie sonrió.
—Bien.
Luego lo abrazó.
Así, sin aviso.
Dante se