veinte cannoli y dijo que eran “por razones médicas”.
Marco compró café y dejó una propina ridícula.
Dante llegó al final del día.
Solo.
Sin escolta visible, aunque yo ya sabía que eso no significaba sin protección.
Llevaba traje oscuro, como siempre, pero sin esa expresión de hombre que controla cada habitación.
En la mano traía una caja pequeña.
—Para Sophie —dijo.
—Si es algo peligroso, caro o italiano, no.
—Es un silbato.
Abrí la caja.
Un silbato de plata, pequeño, con una estrella grabada.
—Si alguna vez Bruno no