Mi hija le pidió prestado su perro al jefe de la mafia porque un hombre tocaba su ventana por las noches

mismo: café negro y una galleta de limón que casi nunca comía.

Decía que pasaba por asuntos de seguridad.

Mentía.

Yo lo dejaba mentir.

A veces hablábamos de Miguel.

A veces de Bruno.

A veces de nada.

Nunca de lo que empezaba a crecer entre nosotros con una lentitud peligrosa.

Yo no era ingenua.

Dante Moretti seguía siendo Dante Moretti.

No un héroe.

No un hombre limpio.

No alguien que pudiera simplemente salir de su mundo porque una viuda abrió una pastelería y una niña lo abrazó.

Pero tampoco era