el monstruo simple que yo había imaginado.
La vida rara vez nos da monstruos simples.
Un invierno, Sophie tuvo fiebre.
Nada grave.
Un virus escolar.
Pero a las tres de la mañana empezó a llorar en sueños:
—No abras la ventana.
Me senté junto a ella, acariciándole el cabello, mientras Bruno apoyaba la cabeza en la cama.
A las tres y media, alguien tocó la puerta principal.
Tres golpes.
Mi cuerpo entero se heló.
Bruno levantó la cabeza, pero no gruñó.
Fui a mirar por la cámara.
Dante estaba afuera,