Su manita todavía estaba sobre mi hombro.
—¿Está triste? —preguntó.
No supe qué contestar.
Desde la puerta, una voz femenina susurró:
—Daniel…
No dijo “señor Hale”.
No dijo “jefe”.
Dijo mi nombre.
Isabel estaba en la entrada de la sala, blanca como si hubiera visto un fantasma.
Pero no miraba la manta.
No miraba el dinero.
No miraba mis lágrimas.
Miraba a su hija.
Con terror.
Un terror tan puro que hizo que mis hombres, de pie al fondo del pasillo, llevaran las manos a sus armas.
Me incorporé lentamente.