—Sofia —dije con cuidado—. Ve con tu madre.
La niña obedeció, confundida.
Isabel la tomó contra su cuerpo como si alguien estuviera a punto de arrancársela de los brazos.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Ella negó con la cabeza.
—Nada.
Mentira.
En mi casa, la gente mentía todo el tiempo.
Pero pocas veces lo hacía temblando así.
Me levanté.
La manta cayó de mis hombros.
—Isabel.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Por favor —susurró—. Ella no sabe nada.
Mi sangre se enfrió.
—¿No sabe nada de qué?
Sofia miró a su