El jefe mafioso más temido de Nueva York fingió dormir para probar a su nueva empleada, pero la hija de ella lo cubrió con una manta

sé.

Ella bajó la mirada.

—Era mi esposo.

Por un instante, no oí nada.

Ni la lluvia.

Ni la chimenea.

Ni mi propia respiración.

—No —dije.

Isabel no respondió.

—Mateo Cruz no tenía esposa.

—Porque nadie debía saberlo.

—Mentira.

—No.

La palabra salió firme por primera vez.

Levanté la vista hacia ella.

—Cuidado.

Isabel palideció, pero no retrocedió.

—Me casé con Mateo en una iglesia pequeña de Queens. No hubo fiesta. No hubo familia de él. Solo dos testigos, mi hermana y el sacerdote. Me dijo que era por seguridad.