El jefe mafioso más temido de Nueva York fingió dormir para probar a su nueva empleada, pero la hija de ella lo cubrió con una manta

—¿Quién era el padre de Sofia? —repetí.

Isabel respiró hondo.

—Se llamaba Mateo Cruz.

El nombre cayó en la sala como una puerta abriéndose en un pasillo que yo había cerrado con cadenas.

Mateo Cruz.

No escuchaba ese nombre hacía cuatro años.

Pero mi cuerpo lo recordó antes que mi mente.

Una noche de lluvia.

Un muelle.

Disparos.

Sangre sobre concreto mojado.

Un hombre joven sujetándose el abdomen y diciéndome:

—No fue así, Daniel. Te lo juro. No fui yo.

Cerré los puños.

—Mateo está muerto.

—Sí.

—Eso ya lo