dentro.
Esa noche no dormí.
Mandé reforzar las puertas, revisar las cámaras, cambiar las rutas de mis hombres. Sofia se quedó dormida en una habitación del segundo piso, con Rosa en una silla junto a la cama e Isabel sentada al borde, negándose a separarse de ella.
Yo observé desde el pasillo.
La puerta estaba entreabierta.
Sofia dormía abrazada a su muñeca sin brazo. Isabel le acariciaba el cabello con movimientos lentos, automáticos, como si cada caricia confirmara que seguía allí.
Durante años había visto mujeres hermosas, peligrosas, ambiciosas, rotas.