sobre el escritorio.
—Encontró algo.
No era pregunta.
Asentí.
—Tal vez Mateo no te mintió.
Sus labios temblaron.
Se llevó una mano a la boca, pero no lloró de inmediato.
Eso fue lo que más me dolió.
Había esperado esa posibilidad durante cuatro años y aun así no se permitía derrumbarse. Las madres con hijos pequeños aprenden a llorar por turnos, cuando nadie las necesita.
—¿Tal vez? —susurró.
—Estoy revisando.
—¿Quién?
No respondí rápido.
Ella lo notó.
—¿Quién lo incriminó?
—Vincent Russo.
El nombre no pareció significarle nada.
—¿Dónde está?