El jefe mafioso más temido de Nueva York fingió dormir para probar a su nueva empleada, pero la hija de ella lo cubrió con una manta

tendrá protección. Tú tendrás todo lo que debí darte desde el principio.

Ella miró por encima del hombro.

—Yo no quiero su dinero.

—No estaba hablando solo de dinero.

—Usted no sabe dar otra cosa.

Esa frase fue peor que un disparo.

Porque tal vez era verdad.

Al día siguiente reuní a todos mis capos en el salón inferior.

Hombres duros.

Hombres que habían visto sangre sin parpadear.

Hombres que, durante años, creyeron que admitir un error era abrirle la puerta a los enemigos.

Isabel no quiso estar presente.

Sofia