despacho.
Isabel no estaba en la casa. La envié con Sofia a una propiedad segura, pese a sus protestas. Esta vez no negocié. No cuando Malcolm cruzaría mi puerta.
—Me sorprendió tu llamada —dijo él, acomodándose en el sillón—. Pensé que estarías ocupado resolviendo el desastre de Russo.
—Russo dejó muchos desastres.
—Los traidores suelen hacerlo.
Lo observé servir el whisky como si la casa fuera suya.
—¿Recuerdas a Mateo Cruz?
No parpadeó.
Demasiado entrenado.
—Vagamente.
Mentira.
—Lo declaramos traidor hace cuatro años.
—Ah, sí. Un asunto desagradable.
—Su viuda