El jefe mafioso más temido de Nueva York fingió dormir para probar a su nueva empleada, pero la hija de ella lo cubrió con una manta

trabaja aquí.

Ahora sí hubo algo.

Mínimo.

Un músculo junto a su ojo.

—No sabía que tenía viuda.

—Yo tampoco.

Malcolm bebió.

—Entonces alguien te ocultó información.

—Eso parece.

—¿Qué quieres de mí?

Me recosté en la silla.

—La verdad.

Malcolm sonrió apenas.

—Daniel, los hombres como nosotros no sobreviven exigiendo verdades puras. Sobrevivimos eligiendo qué mentiras nos resultan útiles.

Ahí estaba.

La arrogancia de quien ya se cree indispensable.

—Mateo era inocente —dije.

—Mateo era un riesgo.

No lo negó.

El aire cambió.

—Repítelo —dije.

Malcolm dejó el vaso.