muerto?
La pregunta no tenía morbo.
Tenía cansancio.
—Está acabado.
—No es lo mismo.
—No.
Ella me estudió.
—Antes usted lo habría matado.
—Sí.
—¿Por qué no lo hizo?
Miré hacia la cocina, donde Sofia reía porque uno de mis hombres enormes intentaba sentarse en una silla infantil.
—Porque esta vez no quería que Sofia creciera con otra muerte encima de la primera.
Isabel bajó la mirada.
—No sé qué hacer con eso.
—Yo tampoco.
Fue la respuesta más honesta que pude darle.
Durante las semanas siguientes, la casa cambió