puedo intentarlo.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, Isabel le contó a Sofia que su papá bailaba fatal.
Sofia soltó una carcajada.
—¿Papi bailaba feo?
—Horrible —dijo Isabel, sonriendo con lágrimas en los ojos—. Una vez casi tiró una mesa.
Sofia me miró.
—¿Usted lo vio bailar?
Negué.
—No. Pero ahora me alegra no haberlo visto.
Sofia rió más.
Isabel me miró como si acabara de entregarle algo pequeño pero importante.
No perdón.
No amor.
Espacio.
A veces eso es lo primero que vuelve a respirar después del dolor.