Un año después de la noche de la manta, la casa ya no era la misma.
Los portones seguían allí.
Las cámaras también.
Mis hombres seguían armados.
Pero en el jardín había una pequeña casa de madera pintada de amarillo. En la cocina había dibujos pegados con imanes. En mi despacho, junto a contratos millonarios, había una figura de plastilina que Sofia decía que era un león, aunque parecía una papa furiosa.
Isabel ya no caminaba como si esperara un golpe.
Seguía cautelosa.
Pero ya no aterrada.
Yo tampoco era