En Nochebuena, mi padre me empujó desde el segundo piso porque, según él, yo había arruinado su contrato millonario. Me dejó casi dos horas a diez grados bajo cero, sin llamar a una ambulancia. “Eres una vergüenza para esta familia”, fue lo último que escuché. Días después desperté en el hospital y mi tía me entregó una carpeta de mi madre fallecida. Al abrirla, entendí por qué mi padre estaba a punto de perderlo todo…

pesos. Pero eso no era lo más importante.

El fideicomiso tenía el cincuenta y uno por ciento de los derechos de voto de Red Médica del Norte, la empresa que había crecido a partir del proyecto de Isabel. Tomás Rivas era su director general.

Tardé varios segundos en unir las piezas.

—¿La misma empresa a la que papá quería venderle los suministros?

Elena asintió.

—La misma. Tu mamá fue una de sus fundadoras. Las participaciones quedaron a nombre del fideicomiso, y tu padre nunca se molestó en entender qué había