En Nochebuena, mi padre me empujó desde el segundo piso porque, según él, yo había arruinado su contrato millonario. Me dejó casi dos horas a diez grados bajo cero, sin llamar a una ambulancia. “Eres una vergüenza para esta familia”, fue lo último que escuché. Días después desperté en el hospital y mi tía me entregó una carpeta de mi madre fallecida. Al abrirla, entendí por qué mi padre estaba a punto de perderlo todo…

Era Renata.

Abrió la ventana de su habitación y miró directamente hacia el jardín.

La luz exterior iluminaba mi vestido oscuro, los pedazos de vidrio y la sangre que comenzaba a manchar el suelo.

Intenté gritar su nombre.

—Re… nata…

Solo salió un sonido débil.

Ella me observó durante varios segundos. Tenía su teléfono en la mano y podía distinguir perfectamente mi cuerpo inmóvil.

Esperaba que llamara a una ambulancia.

Pero retrocedió, cerró la ventana y bajó la persiana.

Mi propia hermanastra acababa de abandonarme.

La temperatura había descendido varios