Era Renata.
Abrió la ventana de su habitación y miró directamente hacia el jardín.
La luz exterior iluminaba mi vestido oscuro, los pedazos de vidrio y la sangre que comenzaba a manchar el suelo.
Intenté gritar su nombre.
—Re… nata…
Solo salió un sonido débil.
Ella me observó durante varios segundos. Tenía su teléfono en la mano y podía distinguir perfectamente mi cuerpo inmóvil.
Esperaba que llamara a una ambulancia.
Pero retrocedió, cerró la ventana y bajó la persiana.
Mi propia hermanastra acababa de abandonarme.
La temperatura había descendido varios