hasta que Beatriz aceptó una salida supervisada judicialmente, con condiciones para reparar el daño, realizar actividades comunitarias y respetar nuestro domicilio.
Tuvo que devolver hasta el último peso.
También quedó claro que no podía volver a entrar en nuestra vivienda sin nuestra autorización.
No terminó en prisión, pero por primera vez tuvo que responder ante otras personas por decisiones que durante décadas había considerado incuestionables.
Para alguien como ella, aquello resultó devastador.
Beatriz había construido toda su identidad alrededor de las apariencias.
Participaba en reuniones vecinales, organizaba convivios y siempre