crea derechos de reembolso ni participación.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque si un día pago una universidad no quiero que veinte años después alguien discuta que compré una parte de algo.
Mi abogada sonrió.
—Me cae bien.
Yo también sonreí.
Mis hijos recibieron su propio asesoramiento.
No porque necesitaran firmar.
Porque quería que entendieran qué ocurría.
Emma, ya casi abogada, leyó el acuerdo.
—Está bien.
—¿Solo bien?
—Mamá, ningún contrato puede garantizar que alguien sea decente.
Pausa.
—Pero al menos éste no depende de que confíes ciegamente.
Muy ella.
Nos