la dirección.
Cuando abrí la puerta, apenas la reconocí.
Llevaba el cabello recogido, los ojos hinchados y ninguna de aquellas sonrisas insolentes con las que solía mirarme.
—Necesito hablar contigo.
—No tenemos nada de qué hablar.
—Por favor, Nina. Cinco minutos.
Iba a cerrar la puerta cuando ella dijo:
—Gabriel quiere anular nuestro matrimonio.
Me quedé quieta.
—Eso tendrás que resolverlo con tu abogado.
Ada soltó una risa amarga.
—Ya hemos consultado con tres. Ninguno puede conseguir lo que Gabriel quiere.
—¿Y qué quiere?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.