fotografías.
Sin felicitaciones.
Cuando terminaron, Ada recogió su bolso y se marchó primero.
Gabriel permaneció sentado unos minutos.
Al verme, se levantó apresuradamente.
—Nina.
Me detuve.
—Hola, Gabriel.
Me miró con los ojos enrojecidos.
—Ya está. Hemos terminado con todo.
—Me alegro de que hayan podido resolverlo.
Dio un paso hacia mí.
—Ahora soy libre.
No respondí.
Él intentó sonreír.
—¿Recuerdas que habíamos reservado el restaurante para septiembre? Todavía podemos…
—Gabriel.
Mi voz lo interrumpió.
—No.
Su expresión se desmoronó.
—¿Ni siquiera vas a escucharme?
—Te he escuchado durante cinco