La caja tembló entre sus dedos.
—Pero te amo…
—Quizá me amabas a tu manera.
Respiré hondo.
—Yo necesito un amor que no me convierta en el chiste de nadie.
Cerró lentamente la caja.
Por primera vez, no intentó discutir.
—¿De verdad no hay ninguna posibilidad?
Lo miré con tranquilidad.
—No.
Gabriel asintió, aunque parecía incapaz de aceptar todavía la respuesta.
Después se alejó por el pasillo.
No lo llamé.
No fui detrás de él.
Y no sentí ganas de llorar.
Un mes después llegó septiembre.
El día en que