de mi hermanito.
Rocco apretó la mandíbula. Conocía de sobra las historias de prestamistas callejeros y extorsionadores baratos. Pero cuando la pequeña se subió la manga empapada y dejó al descubierto moretones oscuros sobre su brazo delgado, algo mucho más frío que la rabia le recorrió el cuerpo.
—Le dijeron a mi mamá que no hablara con nadie —añadió la niña con voz temblorosa—. Pero yo reconocí a uno de ellos.
Rocco se inclinó a su altura, con una calma letal:
—Dime quién fue.
—Era un hombre de su gente,