las dos de la madrugada, me despertó el sonido de la puerta al cerrarse.
Extendí la mano hacia el lado de
la cama donde dormía mi esposo.
Estaba vacío.
Pensé que probablemente había salido a caminar.
Pero pasó media hora.
Después, una hora.
Robert no regresaba.
Llamé a su teléfono. Estaba sobre la mesita de noche.
Entonces noté algo extraño.
Su anillo de bodas estaba allí.
En 53 años, Robert jamás se había quitado aquel anillo.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
A las cinco de la madrugada, ya