obediencia, bajaron la cabeza clavando la mirada en el piso, incapaces de sostener el contacto visual con los policías.
De pronto, ninguno de los dieciocho comensales recordaba haber visto nada.
Mi madre se acercó a mí con los ojos arrasados en lágrimas. Me abrazó con tanta fuerza que sentí que por fin podía volver a respirar.
—Hija… tu papá sigue vivo —me susurró al oído.
Me quedé helada:
—¿Qué dijiste?
—Pasó la noche. Tuvo una crisis respiratoria grave a las tres de la mañana, pero los médicos lograron estabilizarlo. Cuando