llenaron el cuarto.
Esperé a que el silencio fuera absoluto.
Con los dedos temblando por el pánico, llevé mi mano hacia mi cuello y toqué el pequeño relicario de plata que mi padre me había regalado cuando cumplí quince años. Tenía un doble fondo diminuto.
Allí guardaba una tarjeta de memoria micro-SD conectada al adaptador que utilizaba para el viejo teléfono secundario que escondía dentro de la funda de mi almohada de respaldo: un aparato roto de la pantalla que mi suegra creía inservible, pero que aún encendía y tenía