Mi madre me decía a menudo: «No te sientes en el regazo del abuelo». Nunca entendí por qué. Un día no le hice caso y me senté de todos modos. El abuelo sonrió, se acercó a mi oído y susurró: «¿Puedes venir a dormir a mi lado esta noche? kara»

no te sentaras en el regazo del abuelo».

Cada vez que le preguntaba por qué, su respuesta era siempre la misma.

«El abuelo ya no es joven».

Pero había algo en aquella explicación que nunca terminaba de convencerme.

A veces notaba la forma preocupada en que mamá lo miraba. Y cada vez que el abuelo se daba cuenta de que ella lo estaba observando, simplemente sonreía y cambiaba de tema.

Aquel domingo, toda nuestra familia estaba en casa del abuelo.

Después del almuerzo, mamá fue a la cocina.

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