Cuando Miguel murió, sentí que el mundo se detenía. No fue una muerte repentina, porque el cáncer nos había dado tiempo para acostumbrarnos a la idea, si es que alguien puede acostumbrarse alguna vez a perder a la persona con la que compartió casi toda su vida. Pero saber que iba a ocurrir no lo hizo más soportable. Un día él respiraba, apretaba mi mano, susurraba mi nombre; al siguiente, solo quedaba su ausencia llenando cada rincón de la casa.
Nos habíamos conocido en la secundaria. Yo tenía dieciséis años