El visitante de la penumbra: lo que descubrí al volver antes de tiempo

No la llamé; quería ver su rostro de asombro al abrir la puerta. Pero el asombrado fui yo.

Aparqué a unos treinta metros de la casa, a la sombra de los robles, para no hacer ruido con los faros[cite: 5]. Iba a tomar mi equipaje cuando un sedán oscuro y desconocido se detuvo a pocos metros del porche[cite: 5]. De él bajó un hombre con una chaqueta oscura y un bolso pequeño[cite: 5]. Caminó con total naturalidad, con la seguridad de quien conoce el terreno[cite: 5].