Llegué a Veracruz cuando todavía no amanecía del todo.
El autobús venía desde Ciudad del Carmen, y después de casi catorce horas sentado, sentía la espalda como una tabla y las rodillas como si me las hubieran rellenado de arena. Traía una bolsa de tela vieja sobre las piernas. Dentro llevaba una camisa blanca recién lavada, unos zapatos negros que había boleado dos veces con esmero y una cajita de pan dulce, de esos cubiertos de azúcar que a mi hija le encantaban cuando era niña.
Me llamo Efraín Morales.