mí».
Mamá dejó de leer.
Sus manos temblaban.
—Dios mío, Gabriel…
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
Continuó.
«Cuando desperté en el hospital, supe que probablemente nunca volvería a caminar.
También supe que Rafael se culpaba por lo ocurrido.
Le pedí que no contara la historia.
No quería que Samuel creciera creyendo que había destruido mi vida.
Era solamente un niño asustado.
Y si pudiera regresar a aquella carretera, volvería a intentar salvarlo.
Pero ese no es el verdadero secreto que he guardado todos estos años».
Sentí que