ambas manos a la boca.
—¡Maya!
El médico sonrió.
—Es una señal alentadora. Todavía queda un largo proceso de recuperación, pero es una buena respuesta inicial.
Abracé suavemente a mi hija.
Ella sonrió por primera vez desde el accidente.
—Mamá, creo que mis pies todavía me escuchan.
Comencé a llorar.
—Sí, cariño. Te escuchan.
Pero aquella felicidad duró poco.
A las seis de la tarde, mi padre apareció en el hospital.
Parecía haber envejecido diez años.
—Elena, necesito hablar contigo.
Lo miré sin levantarme.
—¿Viniste a ver a Maya?
Sus