hasta que el cuero ya no admitía otra costura.
Don Manuel decía que un buen zapatero ayudaba a las personas a completar su camino. Para recordarlo, marcaba cada tacón con un pequeño triángulo, semejante al perfil del volcán visto desde la puerta.
Aurelio había heredado la herramienta y la costumbre.
Una noche regresaba de entregar unas botas en una hacienda cuando distinguió una figura sentada junto al agua.
Al principio pensó que era un niño perdido.
Se acercó despacio.
La figura tenía la cabeza grande, la piel grisácea y unos
Un Zapatero de Riobamba le hizo zapatos a un gris en 1962 — 25 años después volvieron gastados