la evacuación.
Cerré los ojos.
La tormenta.
El olor a combustible.
Las olas golpeando la cubierta.
Y una voz masculina pronunciando una frase que entonces no comprendí.
«Si alguien pregunta por mí, diga que no me conoce».
Abrí los ojos.
—Sí, recuerdo algo.
Todos me miraron.
—Antes de subir al helicóptero, aquel hombre me entregó un pequeño sobre impermeable.
Alexander se acercó.
—¿Qué contenía?
Negué lentamente.
—Nunca lo abrí. Lo entregué siguiendo el procedimiento correspondiente.
El rey parecía profundamente preocupado.
—¿A quién?
Respiré hondo.
—Al oficial encargado de recibir los