mi hijo.
Sentí que el corazón se me detenía.
Miré al príncipe Alexander.
Su expresión había cambiado.
Entonces lo recordé.
Una operación de evacuación marítima durante una crisis internacional.
Una embarcación averiada.
Una tormenta que había dejado sin comunicaciones a un pequeño grupo de civiles y personal diplomático.
Yo comandaba el equipo naval encargado de la evacuación.
Entre los pasajeros había un joven herido que utilizaba otro apellido por razones de seguridad.
Alexander.
—Aquella noche —continuó el rey—, mi hijo estuvo a punto de morir.
El salón permaneció en silencio.