el casco de ingeniero.
Nadie respondió.
Mi madre, Diane, comenzó a llorar en silencio. Mi padre, Frank, permanecía inmóvil frente a la mesa, con los ojos clavados en aquella fotografía como si acabara de ver regresar a un muerto.
—Frank… —susurró mi madre—. Tenemos que contarles la verdad.
Mi padre levantó la cabeza bruscamente.
—¡Cállate, Diane!
Aquellas dos palabras hicieron que Owen se aferrara a mi mano.
Yo había esperado diez años para escuchar una conversación como aquella. Diez años trabajando hasta que me dolían las manos, estudiando por las