noches y respondiendo las preguntas de mi hijo con medias verdades porque no sabía cómo explicarle que su nacimiento estaba relacionado con el secreto más oscuro de mi familia.
Pero ya no tenía diecinueve años.
Ya no era la muchacha asustada que había abandonado aquella casa con una maleta y unos cuantos dólares.
Ahora tenía treinta años, un trabajo estable, una vida propia y un hijo que merecía conocer sus raíces.
—No vuelvas a hablarle así a mamá delante de mi hijo —dije, mirando a Frank—. Ya no tienes derecho