de los trabajadores era lo más importante.
—Estás equivocado —respondí.
Daniel no discutió.
Simplemente abrió la carpeta y me mostró una hoja.
Reconocí inmediatamente la firma de Frank Bennett.
Era la firma de mi padre.
Debajo había una autorización para continuar trabajando con una máquina que, según el propio informe, debía permanecer fuera de servicio hasta que se completara una reparación.
—No puede ser —murmuré.
—Quiero creer que existe una explicación —dijo Daniel—. Por eso todavía no he entregado los documentos.
Esa noche me prometió que no acusaría a nadie