miedo de sus padres.
Era miedo de todo aquello que había enterrado durante diez años.
Pero Owen merecía conocer la verdad.
Tres días después subieron a un autobús rumbo a Albany.
Hannah llevaba una mochila.
Una carpeta amarilla.
Y una memoria USB envuelta cuidadosamente dentro de una servilleta.
Llegaron un sábado por la tarde.
La casa seguía exactamente igual.
La misma puerta color café.
La misma bugambilia.
El mismo escalón donde ella había llorado diez años antes mientras acariciaba su vientre.
Tocó la puerta.
Frank abrió.
En cuanto la vio…