por tu culpa.”
El miércoles:
“Podemos olvidar todo si retiras a la abogada.”
El jueves:
“Perdón. No debí sacarte.”
Y el viernes:
“Piensa en lo que estás haciendo con nuestra familia.”
No contesté ninguno.
Los reenvié a Andrea.
Una semana después inicié el divorcio.
Diego pidió hablar conmigo.
Acepté hacerlo en presencia de nuestros abogados.
—Nunca quise quitarte la casa —dijo.
—Solicitaste un préstamo presentándola como posible garantía.
—Pensaba que eventualmente podríamos ponerla a nombre de los dos.
—¿Y cuándo pensabas preguntarme?
No respondió.
—Eso es lo que todavía no