de un número desconocido.
Era Teresa.
—Valeria.
Su voz sonaba cansada.
—Hola.
—Estamos rentando un departamento pequeño.
Esperé.
—Diego está ayudándonos.
—Me alegra que hayan encontrado una solución.
Hubo un silencio.
—Reconozco que las cosas se manejaron mal.
No respondí.
—Pero sigues siendo demasiado dura —añadió—. Pudiste tener un poco más de compasión. Éramos tu familia.
Miré alrededor de mi sala.
Había colocado flores blancas sobre la mesa.
Mi cuadro favorito volvía a estar en la pared.
La casa estaba silenciosa.
—Teresa, tener compasión no significa entregar mi casa, mi