un pequeño préstamo en una cadena de seis hoteles boutique. Teníamos propiedades en Chicago, Miami y Los Ángeles. Yo trabajaba demasiado, sí, pero durante años Marcus decía admirarlo.
“Mi esposa convierte todo lo que toca en oro”, presumía frente a nuestros amigos.
Dos meses antes de aquella cena, algo había cambiado.
Primero comenzó a hacerme preguntas extrañas.
Qué cuentas recibían las ganancias de los hoteles.
Quién heredaría mi participación en la empresa.
Si mi seguro de vida seguía vigente.
Qué ocurriría con mis acciones si yo moría de manera inesperada.