manera extraña, era verdad.
Una niña de 3 años, una camisa arruinada y una canción habían abierto una puerta que 27 años de silencio no pudieron mantener cerrada.
Y por primera vez desde que perdí a mi madre, cuando escuchaba aquella melodía ya no sentía que alguien me había abandonado.
Sentía que finalmente había encontrado el camino de regreso a casa.