mañana en que regresé a la casa de mármol, el jardín estaba impecable. Demasiado perfecto. Como si intentaran borrar la escena.
No lo lograron.
Entré sola.
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Las habitaciones resonaban vacías. Los retratos familiares seguían en las paredes, pero ahora parecían… pequeños. Quité el primero. Luego otro. Y otro más.
Al final del pasillo, en lo que había sido el despacho de Oliver, encontré una carta.
Mi nombre.
Su letra.
“Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy.
Perdóname por no decirte todo antes.
No