que aquel hombre le había quitado tres años de su vida.
Pero aquellos tres años le habían enseñado algo que ninguna universidad podía enseñarle.
Que nunca debía abandonar sus sueños por alguien que no supiera verlos.
Que el amor verdadero no exige que desaparezcas para que otra persona brille.
Y que algunas pérdidas son, en realidad, rescates disfrazados.
Elena miró el horizonte.
La ciudad llevaba su huella.
Su trabajo.
Su visión.
Su nombre.
Pero, sobre todo, llevaba la prueba de que había sobrevivido.
No necesitaba que Adrian regresara.
No necesitaba