La mujer que nunca pudo perdonarme por haber acogido al muchacho que, según todos, había matado a nuestra hija.
—Elizabeth… —susurré.
Ella comenzó a llorar.
—Perdóname, Daniel.
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Qué haces aquí?
Michael se colocó a su lado.
—Papá, ella tiene que contarte la verdad.
Elizabeth bajó la mirada.
—Sarah no murió por culpa de Michael.
El silencio que siguió fue absoluto.
Me aferré al respaldo de una silla.
—¿Qué acabas de decir?
Elizabeth comenzó a temblar.
—Michael no conducía el automóvil que la atropelló.
Miré