Pero ahora comprendía que había algo mucho más oscuro detrás de aquella generosidad.
—Explíquenme todo —exigí.
Michael se sentó frente a mí.
Sus manos temblaban.
—Aquella noche regresábamos de la competencia en dos vehículos.
Fruncí el ceño.
—En el juicio dijeron que todos viajaban contigo.
—No era verdad.
Me quedé inmóvil.
—Richard conducía una camioneta detrás de nosotros.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Qué hacía allí?
Michael tragó saliva.
—Había ido a recoger a su hijo, Brandon, que participaba en el mismo equipo.
Michael continuó.
—Nos detuvimos