pura y demoledora que jamás se haya escuchado en esa casa:
—Señor… si usted es nuestro papá de verdad, ¿por qué nunca quiso conocernos?
La sala entera pareció quedarse sin aire.
Daniel retrocedió medio paso, completamente conmocionado:
—Kesha… tú me aseguraste que los bebés no habían llegado a nacer.
Lo miré fijamente a los ojos sin parpadear:
—Yo jamás te dije semejante monstruosidad, Daniel.
La puerta principal se abrió de nuevo y dos investigadores militares con carpetas de auditoría entraron al salón, rompiendo lo que quedaba de la farsa. La