una palabra, pero la voz se le quedó atorada en la garganta.
—Feliz Navidad, coronel —dije con voz serena y clara, apoyando mis manos sobre los hombros de mis hijos—. Pensé que era el momento exacto para que la familia Reynolds conociera a los cuatro nietos que decidieron dar por inexistentes.
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Un murmullo de incredulidad recorrió la sala.
En ese instante, Noah dio dos pasos al frente, miró fijamente el uniforme cargado de medallas de Daniel, ladeó la cabeza y lanzó la pregunta más